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Doña Flor y sus dos maridos – Jorge Amado – Episodio 2



Doña Flor y sus dos maridos – Jorge Amado

En este segundo episodio de Variaciones en Negro, vamos a recordar una de las novelas más reconocidas de Jorge Amado, Doña Flor y sus dos maridos. En memoria del querido Tomás de Ogún, tucumano radicado en sus jóvenes años en Sao Salvador da Bahia, babalorixá y pae de varios de estos célebres hombres que hoy traemos en letra y música. Oiremos a Toquinho,Vinicius y Maria Creuza, Gal Costa, Lulu Santos, Marisa Monte, Cazuza, Adriana Calcanhotto y Tribalistas.





ESCUELA DE COCINA «SABOR Y ARTE»

CUÁNDO Y QUÉ SERVIR EN UN VELORIO

(Respuesta de doña Flor a la pregunta de una alumna)

No por ser desordenado día de lamentación, tristeza y llanto, debe dejarse transcurrir el velorio a la buena de Dios. Si la dueña de casa, sollozante y abatida, fuera de sí, embargada por el dolor o muerta en el cajón no pudiera hacerlo, entonces un pariente o una persona de su amistad debe encargarse de atender la velada, pues no se va a dejar a secas, sin nada de comer ni de beber, a los pobrecitos que solidariamente se hacen presentes a lo largo de la noche. Para que una vigilia tenga animación y realmente honre al difunto que la preside, haciéndole más llevadera esa primera y confusa noche de su muerte, hay que atender solícitamente a los circunstantes, cuidando de su moral y de su apetito.

¿Cuándo y qué ofrecer? Durante toda la noche, del comienzo al fin, es indispensable el café; naturalmente, solo. El café completo – con leche, pan, manteca, queso, algunos bizcochitos, algunos bollitos de mandioca y rebanadas de tortas de maíz con huevos estrellados- , sólo se servirá por la mañana y para los que allí amaneciesen. Es conveniente mantener el agua siempre a punto para el café, de modo que nunca falte, ya que continuamente está llegando gente. Debe servirse con tortitas de harina y bizcochos. De vez en cuando hay que pasar una bandeja con saladitos, tales como bocadillos de queso, jamón y mortadela, pues para consumición mayor ya basta y sobra con la del difunto. Sin embargo, si el velorio fuese de categoría, uno de esos velorios en que se tira el dinero, en ese caso, se impone dar una jicara de chocolate a medianoche, bien espeso y caliente, o un caldo de gallina con arroz. Y, para completar, bollitos de bacalao, frituras, croquetas de toda clase, dulces variados y frutas secas.

Para beber, si se trata de una familia pudiente, además de café puede haber cerveza o vino, un vaso, y sólo para acompañar el caldo y la fritada. Nunca champán: se considera de mal gusto servirlo en tales circunstancias.

Sea rico o pobre el velorio, es de rigor, no obstante, servir continuamente la imprescindible, la buena cachacinha: puede faltar de todo, incluso el café, pero la cachacinha es indispensable; sin su consuelo no puede haber velorio que se precie de tal. Un velorio sin cachaca constituye una falta de respeto al muerto, una muestra de indiferencia y desamor hacia él.

Suena Lamento no morro por Toquinho,Vinicius y Maria Creuza


Vadinho, el primer marido de doña Flor, murió un domingo de carnaval por la mañana, disfrazado de bahiana, cuando sambaba en un grupo y en medio de la mayor animación, en el Largo 2 de Julio, no muy lejos de su casa. No formaba parte de la agrupación; acababa de mezclarse con ella junto con otros cuatro amigos, todos con vestimenta de bahiana, viniendo de un bar de la calle Cabeca, en el que el whisky había corrido con abundancia a costas de un tal Moysés Alves, hacendado del cacao, rico y perdulario.

La comparsa tenía una pequeña y afinada orquesta de guitarras y flautas; tocaba el guitarrillo Carlinhos Mascarenhas, un flacucho celebrado en las garconniéres, iah!, un tocador divino. Los muchachos iban vestidos de gitanos y las chicas de campesinas húngaras o rumanas; jamás, sin embargo, hubo húngara o rumana – o incluso búlgara o eslovaca-  que se cimbreara como se cimbreaban ellas, mestizas en la flor de la edad y de la seducción.

Vadinho, el más animado de todos, al ver aparecer el conjunto en la esquina y oír el punteo del esquelético Mascarenhas en el sublime guitarrillo, se adelantó con rapidez, situóse junto a una rumana repintada, grandota, monumental como una iglesia – que podía ser la de San Francisco, pues la cubría un derroche de lentejuelas doradas- , y anunció:

– Aquí estoy yo, mi rusa del Tororó…

El «gitano» Mascarenhas, que también iba cubierto de abalorios y canutillos y con festivas argollas colgando de las orejas, le exigió al guitarrillo; gimieron las flautas y las guitarras y Vadinho se lanzó a bailar el samba con el ejemplar entusiasmo característico de todo cuanto hacía, si se exceptúa el trabajo. Remolineando en medio de la murga, zapateaba frente a la mulata, avanzando hacia ella con floreos y ombligazos, cuando, de repente, soltó una especie de ronquido apagado, le vacilaron las piernas, se inclinó hacia un lado y rodó por el suelo echando una baba amarilla por la boca, sin que la mueca de la muerte consiguiese apagar del todo la alegre sonrisa del juerguista impenitente que había sido.

Los amigos no lo atribuyeron a los whiskys del hacendado, sino a la cachaca: no hubieran bastado aquellas cuatro o cinco dosis para terminar con un bebedor de la clase de Vadinho. Pero pudo ser, sí, toda la cachaca acumulada desde el mediodía anterior, cuando inauguraron oficialmente el carnaval en el Bar Triunfo, en la Plaza Municipal, que seguramente se le había subido toda junta, de golpe, haciéndolo caer en un profundo sopor. Mas la mulata grandota no se dejó engañar: como enfermera profesional, estaba familiarizada con la muerte, la frecuentaba diariamente en el hospital. Claro que no con tanta intimidad como en este caso, en que le había dirigido ombligazos, hecho guiños y bailado con ella. Se inclinó sobre Vadinho, le puso una mano en el cuello y se estremeció, sintiendo escalofríos en el vientre y en la espina dorsal:

– ¡Está muerto, Dios mío!

También tocaron otros el cuerpo del mozo, alzaron su cabeza de larga cabellera rubia, y buscaron los latidos de su corazón. Nada consiguieron, era inútil, Vadinho desertó para siempre del carnaval de Bahía.

Grande fue el alboroto en la comparsa y en la calle, así como el revuelo producido en los alrededores. Un «Dios nos salve» sacudió a los enmascarados. Y encima de todo, la escandalosa Anete, una maestrita romántica e histérica, aprovechó tan inmejorable ocasión para tener un soponcio, entre agudos chilli­dos y amagos de desmayo: toda una escena en honor de Carlinhos Mascarenhas, por quien suspiraba esa melindrosa propensa al patatús, que decía ser ultrasensible y se erizaba como una gata cuando él pulsaba el guitarrillo. El instrumento colgaba ahora de las manos del artista, silencioso e inútil, como si Vadinho se hubiera llevado consigo al otro mundo sus últimos acordes.

De todas partes acudía la gente corriendo, pues la noticia circuló rápidamente por las inmediaciones, llegando a San Pedro, a la Avenida Sete, al Campo Grande, y arreando curiosos. En torno al cadáver acabó por juntarse una pequeña multitud, que se codeaba y hacía comentarios. Llamaron a un médico residente del Sodré mientras un policía de tránsito hacía sonar el silbato sin cesar como para anunciar a la ciudad entera, a todo el Carnaval, el fin de Vadinho.

«¡Pero si es Vadinho, el pobre!», constató un enmascarado, que llevaba una media como antifaz, perdiendo su animación. Todos reconocieron al muerto, pues su figura era muy popular, con su estallante alegría, su bigotito recortado, su picara altivez. Sobre todo era bien visto en los lugares donde se bebía, jugaba y farreaba. Y allí, tan cerca de su casa, no había quien no lo conociese.

Otro disfrazado, vestido con una bolsa y cubierto con una cabezota de oso, atravesó el compacto grupo, consiguiendo acercarse y ver al muerto. Entonces se quitó la máscara, dejando a la vista una cara llena de aflicción, de bigotes caídos y cabeza calva, y murmurando:

Vadinho, hermanito, ¿qué te hicieron?

«¿Qué le pasó? ¿De qué murió?», se preguntaban unos a otros, y alguien respondió: «Fue la cachacaExplicación demasiado fácil para muerte tan inesperada. También se detuvo ante el difunto una vieja encorvada, que echó una mirada y reflexionó:

– ¡Tan mozo todavía! ¿Por qué se ha de morir tan joven?

Se cruzaban las preguntas y las respuestas, mientras el médico ponía el oído sobre el pecho de Vadinho, para realizar la comprobación final e inútil.

«Estaba bailando muy entusiasmado cuando sin más se cayó de costado, con la muerte adentro», explicaba uno de los amigos, ya totalmente curado de la cachaca, súbitamente sobrio y conmovido, un tanto ridículo con sus ropas femeninas de bahiana, con las mejillas pintadas de rojo y profundas ojeras negras trazadas con un corcho quemado.

El hecho de estar disfrazado de bahiana no debe dar lugar a maliciosos pensamientos en torno a los cinco mozos, todos ellos de reconocida virilidad. Se habían disfrazado así sólo para divertirse más, por amor a la farsa y por picardía, no por afeminados o por inclinación a presuntas exquisiteces. No había maricas entre ellos, ¡alabado sea Dios! Vadinho incluso se había atado bajo la blanca enagua almidonada una enorme raíz de mandioca y a cada paso levantaba las faldas y exhibía el descomunal y pornográfico trofeo, que obligaba a las mujeres a taparse con las manos la cara sonriente, con fingida vergüenza. Ahora la raíz pendía del muslo descubierto, pero ya no hacía reír a nadie. Uno de los amigos se acercó y la desató de la cintura de Vadinho. Pero ni aun así adquirió el difunto un aspecto púdico y decente: era un muerto de carnaval, ni siquiera mostraba sangre de bala o de puñalada corriéndole por el pecho que pudiera rescatarlo de su condición de mascarita.

Suena Chega de saudade por Gal Costa





Doña Flor, precedida, claro está, de doña Norma, que daba órdenes y le abría paso, llegó casi al mismo tiempo que la policía. Cuando apareció doblando la esquina y apoyada en los brazos solícitos de las comadres, todos adivinaron que era la viuda, pues venía suspirando y gimiendo, sin intentar al menos contener los sollozos, deshecha en llanto. Además, llevaba puesta la bata de entrecasa, bastante gastada, que usaba para hacer la limpieza, calzaba pantuflas y todavía estaba despeinada. Aun así era bonita, de agradable presencia: pequeña y rechoncha, gorda pero sin grasa, la piel bronceada con tono de caboverde, lisos los cabellos, y tan negros que parecían azulados, ojos para un requiebro y labios gruesos, entreabiertos sobre los dientes blancos. Apetitosa, como acostumbraba a calificarla el mismo Vadinho en sus días de ternura, tal vez raros, pero por eso mismo inolvidables.

Quizá a causa de las actividades culinarias de la esposa, en esos instantes de idilio él la llamaba «mi marlo de maíz verde, mi acarajé oloroso, mi pollita gorda»; y tales comparaciones gastronómicas dan una idea justa de cierto encanto sensual y hogareño que poseía doña Flor, escondido tras una apariencia tranquila y dócil. Vadinho conocía las flaquezas de ella y las señalaba claramente: sus ansias contenidas, de tímida, de recatado deseo que se tornaba violento e incluso incontenible, cuando se manifestaba libremente. Como estuviese en vena Vadinho, nadie podía ser más fascinante, y ninguna mujer se le resistía. Doña Flor jamás pudo eludir su encanto, aunque estuviese indignada, enojada por algún motivo reciente. Pues en repetidas ocasiones había llegado a odiarlo y a renegar del día en que uniera su suerte a la del bohemio.

Pero mientras caminaba acongojada al encuentro de su intempestiva muerte, doña Flor iba atontada, con la cabeza vacía. No se acordaba de nada, ni aun de los momentos de honda ternura, y mucho menos de los días crueles, de angustia y soledad, como si el marido, al expirar, hubiese quedado libre de todos sus defectos, o como si no los hubiera tenido en «su breve paso por este valle de lágrimas».

«Breve fue su paso por este valle de lágrimas», sentenció el respetable profesor Epaminondas Souza Pinto, con afectación y apresuramiento, procurando saludar a la viuda y darle el pésame incluso antes de que ella llegara junto al cuerpo del marido. Mas doña Gisa, profesora igualmente, y hasta cierto punto también respetable, pudo contener a la vez su risa y la diligencia del colega. Si en verdad había sido breve el paso de Vadinho por la vida – acababa de cumplir treinta y un años- , para él, doña Gisa lo sabía bien, el mundo no había sido un valle de lágrimas, y sí un escenario de farsas, embrollos, embustes y pecados. Algunos de ellos, producto sin duda del apuro y la confusión, sometieron su corazón a arduas pruebas, angustias y sobresaltos: deudas a pagar, pagarés a descontar, garantes a convencer, compromisos asumidos, bancos y usureros, rostros inconmovibles, amigos que lo esquivaban, sin hablar de los sufrimientos físicos y morales de doña Flor. Porque, razonaba doña Gisa en su enrevesado portugués (era medio norteamericana; se naturalizó y se sentía brasileña, pero ese diablo de idioma, ¡ah!, no conseguía dominarlo), si hubo lágrimas en el breve paso de Vadinho por la vida, éstas fueron las de doña Flor, y muchas alcanzando de sobra para la pareja.

Ante su muerte repentina, doña Gisa no pensaba en Vadinho sino con nostalgia: le tenía simpatía, a pesar de todo, en ciertos aspectos era gentil y cautivante. Pero no por eso, sin embargo, no por estar él allí, en el Largo 2 de Julio, muerto, tendido en la calle, vestido de bahiana, iba ella de repente a santificarlo, torcer la realidad, e inventar un Vadinho hecho de una sola pieza. Así se lo explicó a doña Norma, íntima y vecina suya, pero no tuvo el esperado apoyo de la aparcera. Doña Norma le había cantado las diez últimas a Vadinho muchas veces; peleaba con él y le endilgaba sermones monumentales, y un día llegó a amenazarlo con llamar a la policía. Pero en aquella hora final y dolorosa no deseaba comentar las predominantes y desagradables facetas del finado, sólo quería alabar sus lados buenos, su natural amabilidad, su solidaridad siempre pronta a manifestarse, su lealtad para con los amigos, su indiscutible generosidad (sobre todo cuando la practicaba con dinero ajeno), su irresponsable e infinita alegría de vivir. Además, estaba tan ocupada en acompañar y socorrer a doña Flor que ni siquiera prestaba oídos a las duras verdades de doña Gisa.

Doña Gisa era así: la verdad por encima de todo, a veces hasta hacerla parecer áspera e inflexible; tal vez era una actitud de defensa contra su buena fe, pues era crédula hasta el absurdo y confiaba en todo el mundo. No, ella no se acordaba de las malas acciones de Vadinho para criticarlo y condenarlo. Vadinho le agradaba, y con frecuencia se enfrascaban los dos en largas conversaciones, pues a doña Gisa le interesaba conocer la psicología del submundo en que él se movía, y él le contaba casos y casos mientras atisbaba en su escote los dos senos pujantes y pecosos. Quizá doña Gisa lo entendiese mejor que doña Norma, pero, al contrario que la otra, no le perdonaba ni un solo defecto y no iba a mentir sólo porque estuviese muerto. Ni a sí misma se mentía doña Gisa, a no ser que fuera indispensable. Y no era éste el caso, evidentemente.

Doña Flor se metía entre la gente siguiendo el claro que dejaba doña Norma, quien se abría camino gracias a sus codos y a su gran popularidad:

– Vamos, apártense, amigos, déjenla pasar a la pobre…

Allí estaba sobre los adoquines, los labios sonrientes, blanco y rubio, lleno de paz y de inocencia. Doña Flor quedó inmóvil por un instante, contemplándolo, como si tardase en reconocer al marido, o más bien, probablemente, en aceptar el hecho, ahora indiscutible, de su muerte. Pero fue sólo un instante. Con un grito salido de lo hondo de las entrañas, se echó sobre Vadinho, besándole los cabellos, el rostro pintado de carmín, los ojos abiertos, el atrevido bigote, la boca muerta, para siempre muerta.

¿Quién, esa noche de domingo de carnaval, no había planeado ir a un corso o a divertirse en alguna fiesta? ¿Quién no tenía algún programa esa madrugada? Pues bien, a pesar de eso, el velatorio de Vadinho fue un «éxito», como aseveró y proclamó con orgullo doña Norma.

Los camilleros echaron el cuerpo sobre la cama, en el dormitorio; más tarde, los vecinos lo llevaron a la sala. Los hombres de la Morgue estaban apurados: en carnaval tenían más trabajo. Mientras los demás se divertían, ellos lidiaban con los difuntos, con las víctimas de los accidentes y las riñas. Sacaron el lienzo inmundo que envolvía al cadáver y entregaron el certificado a la viuda. Vadinho quedó desnudo, tal como Dios lo trajo al mundo, sobre la cama del matrimonio: una cama con cabecera y pies de hierro forjado, comprada de segunda mano por doña Flor, en un remate, cuando se casaron, hacía seis años. Doña Flor, sólita en el cuarto, abrió el sobre y meditó sobre lo que decían los médicos. ¿Quién lo diría? ¡Aparentemente tan fuerte y sano, tan joven aún!

Preciábase Vadinho de no haber estado jamás enfermo y de ser capaz de pasar ocho días y ocho noches sin dormir, jugando y bebiendo, o de farra con mujeres. ¿Y acaso en ocasiones no pasaba realmente ocho días sin aparecer por casa, dejando a doña Flor sumida en la desesperación, como enloquecida? Sin embargo, allí estaba el certificado de defunción extendido por los doctores de la Facultad; era un hombre condenado: hígado inservible, riñones estropeados, corazón minado. Hubiera podido morirse en cualquier momento, como había muerto, así, de repente. La cachaça, las noches en los casinos, la juerga, las carreras enloquecidas en busca de dinero para jugar, habían arruinado aquel organismo hermoso y fuerte, dejándole tan sólo su apariencia. Sí, porque mirándolo por fuera, ¿quién lo juzgaría tan implacablemente liquidado?

Suena Assim Caminha A Humanidade por Lulu Santos





Doña Flor contempló el cuerpo del marido antes de pedir a los serviciales y ansiosos vecinos que la ayudaran en la delicada tarea de vestirlo. Ahí yacía, desnudo, como le gustaba estar en la cama, la pelusa dorada cubriéndole los brazos y las piernas, la mata de pelo rubio en el pecho, la cicatriz del navajazo en el hombro izquierdo. ¡Tan bello y masculino, tan sabio en el placer! De nuevo asomaron las lágrimas a los ojos de la joven viuda. Procuró no pensar en lo que estaba pensando. No eran cosas para día de velorio.

Sin embargo, al verlo así, echado sobre el lecho, totalmente desnudo, doña Flor no podía, por más esfuerzo que hiciera, dejar de recordarlo tal como era en la hora de los deseos desatados: Vadinho, en ese trance, no toleraba ropa alguna sobre los cuerpos, ni que los cubriera una sábana pudorosa: no era su fuerte el pudor. Cuando la incitaba a ir a la cama, le decía: «Vamos a yogar, hija.» Porque para él, el amor era como una fiesta de infinita alegría y libertad, a la cual se entregaba con el entusiasmo que lo caracterizaba, unido a una competencia proclamada por innumerables mujeres de distinta clase y condición. En los primeros tiempos de casada, como él quería que ella estuviese toda desnudita, doña Flor se quedaba muy tiesa.

– ¿Dónde se vio yogar en camisón? ¿Por qué te escondes? El yogar es cosa santa, fue inventada por Dios en el paraíso, ¿sabes?

No sólo la desvestía íntegramente, sino que, pareciéndole poco todavía eso, la palpaba y jugaba con todas las partes de su cuerpo, de curvas amplias y recovecos profundos donde se cruzaban la sombra y la luz en un juego misterioso. Doña Flor intentaba cubrirse, pero él le arrancaba la sábana entre risas y dejaba al aire los duros senos, las hermosas nalgas, el pubis casi sin vello. La tomaba como a un juguete; un juguete o un cerrado capullo de rosa que él hacía abrirse en cada noche de placer. Doña Flor iba perdiendo la timidez, entregándose a esa fiesta lasciva con creciente violencia, transformándose en amante impulsiva y audaz. Nunca, sin embargo, abandonó del todo la pudibundez y la vergüenza; era necesario reconquistarla cada vez, pues, apenas despertaba de esas locas audacias y de los ayes desmayados, volvía a ser una esposa tímida y pudorosa.

En aquel momento, a solas con la muerte de Vadinho, doña Flor comprendió, ahora en todo su alcance, su condición de viuda. Ya no lo tendría más, ni nunca volvería a desmayarse en sus brazos. Porque desde el instante en que surgiera el trágico rumor, transmitirlo de boca en boca hasta la llegada del furgón, al caer la tarde, la profesora de arte culinario había vivido en una especie de sueño maligno y al mismo tiempo excitante: el impacto de la noticia, la caminata entre sollozos hasta el Largo 2 de Julio, el encuentro con el cuerpo, la multitud que la rodeaba, que la cuidaba, que le ofrecía solidaridad y consuelo, la vuelta a casa casi cargada por doña Norma, doña Gisa, el profesor Epaminondas y Méndez, el español de la taberna. Todo tan rápido y confuso que ni tiempo le había dejado para pensar, para percibir su muerte como algo real.

Desde el Largo, habían trasladado el cadáver a la Morgue, pero ni aun así tuvo ella un momento de sosiego. De repente se había convertido en el centro vital no sólo de su calle, sino de todas las arterias adyacentes, y eso en un domingo de carnaval. Hasta que lo trajeron a la casa, envuelto en unas sábanas, junto con un pequeño bulto colorido – el vestido de bahiana- , doña Flor no cesó de recibir pésames, pruebas de amistad, gentilezas, en medio de una continua romería de vecinos, conocidos y amigos. Doña Norma y doña Gisa abandonaron por completo los quehaceres de sus casas, ya un tanto descuidados de­bido al carnaval, confiando los almuerzos y las cenas al criterio de las impacientes fámulas. Ninguna de las dos se apartó un momento de doña Flor, a cada cual más delicada y solícita.

Afuera seguía el carnaval, con sus enmascarados, murgas y conjuntos, sus disfraces de fantasías lujosas o divertidas; con las músicas de las múltiples orquestas, los zépereiras, los bombos, las comparsas, las agrupaciones, los afochés con sus tamboriles y timbales. De vez en cuando, doña Norma no podía resistir y corría a la ventana, se acodaba en ella, arriesgaba una mirada, respondía a los requiebros de alguna máscara conocida, transmitía la noticia de la muerte de Vadinho, aplaudía algún disfraz original o un conjunto brillante. A veces, si alguna agrupación particularmente animada surgía en la esquina, llamaba a doña Gisa. Y cuando el «Afoché de los Hijos del Mar», ya avanzada la tarde, entró por la calle con sus figuraciones inolvidables, seguido por una gran muchedumbre que bailaba, hasta doña Flor, mal contenidas las lágrimas, se acercó a la ventana a ver el espectáculo tan anunciado en los diarios, la mayor belleza del carnaval bahiano. Miraba pero sin mostrarse, escondida tras las anchas espaldas de doña Gisa. Doña Norma, olvidada del muerto y de las conveniencias, aplaudía con entusiasmo.

Lo mismo ocurrió durante todo el día, desde el instante en que se expandió la noticia. Hasta doña Nancy, una argentina retraída, nueva en la calle, casada con el dueño de la fábrica de cerámica, cierto enrevesado Bernabó, descendió de su lujosa mansión y de su soberbia para ofrecer sus condolencias y servicios a doña Flor, revelándose como una persona simpática y educada e intercambiando con doña Gisa filosóficas consideraciones sobre la brevedad de la vida y su incertidumbre.

No había tenido doña Flor, como se ve, tiempo para reflexionar sobre su nuevo estado y las transformaciones de su existencia. Sólo cuando trajeron a Vadinho de la Morgue y lo dejaron desnudo sobre la cama del matrimonio, en la que tantas veces había hecho el amor, entonces, y solamente entonces, se encontró sólita con la muerte del marido y se sintió viuda. Jamás volvería él a echarla sobre la cama de hierro, sacándole el vestido, la combinación y las piezas más íntimas, tirando la sábana sobre el tocador, acariciando cada rincón de su cuerpo, hasta hacerla caer en el delirio.

Suena De Noite Na Cama por Marisa Monte





¡Ah, nunca más!, pensó doña Flor, con un nudo en la garganta, temblándole las piernas. Y entonces comprendió que todo había terminado. Se quedó allí parada, sin palabras y sin lágrimas, ajena a cualquier excitación, distante de la representación que rodeaba a la muerte. Sólo ella y el cadáver desnudo, ella y la definitiva ausencia de Vadinho. Nunca más iba a tener que esperarlo hasta la madrugada, ni esconder de su vista el dinero que le pagaban las alumnas, ni vigilar sus relaciones con las más bonitas de ellas, ni ser golpeada por él los días de embriaguez y mal humor, ni oír los agrios comentarios de los vecinos. Ni rodar con él en la cama, abriéndose a su deseo, quitándose la ropa, apartando las sábanas y el recato para la fiesta del amor, la inolvidable fiesta. El nudo en la garganta la estrangulaba, el dolor en el pecho era como una aguda puñalada.

Flor, ¿no será tiempo de vestirlo? – resonaba, urgente, tras la puerta del cuarto, la voz de doña Norma, que venía de la sala- . Pronto llegarán las visitas…

La viuda abrió la puerta; ahora estaba seria, callada, sin sollozos, sin gemidos, fría y austera. Sólita en el mundo. Los vecinos entraron, dispuestos a ayudar. Don Vivaldo, de la funeraria «Paraíso en Flor», vino a entregar personalmente el cajón barato – hizo una rebaja notable recordando que había sido compañero de Vadinho en las mesas de ruleta y bacará, en las que él se jugaba ataúdes y lápidas- , y colaboró con eficacia y experiencia para convertir al bohemio en un muerto presentable. Doña Flor asistió a todo sin pronunciar una palabra, sin una lágrima. Estaba solita en el mundo.

El cuerpo de Vadinho fue puesto en el cajón y llevado a la sala de recibo en la que se había improvisado con sillas una tarima. Don Vivaldo trajo flores, contribución gratuita de la funeraria, y doña Gisa puso un pensamiento encarnado entre los dedos cruzados del difunto. Don Vivaldo pensó para sus adentros en lo absurdo del gesto: lo que debían poner entre los dedos del muerto era una ficha de juego y no un pensamiento encarnado: si además, en lugar de la música y de las risas del carnaval, se oyese en las cercanías el ruido de las mesas de ruleta, la voz gangosa del croupier, las nerviosas exclamaciones de los jugadores y el sonido de las fichas, hasta era posible que se llega­ra a ver cómo Vadinho salía del cajón, sacudiéndose la muerte de encima con el mismo gesto característico con que se deshacía en vida de las complicaciones que se le presentaban, y se iba a poner su ficha en el 17, su número predilecto. ¿Qué podía hacer él con un pensamiento encarnado? Pronto estaría marchito y ajado y ninguna ruleta lo aceptaría.

Don Vivaldo no se demoró mucho; carnavalero empedernido, ese domingo de fiesta sólo abrió la funeraria para atender a un amigo como Vadinho. Si hubiera sido otro el muerto, se hubiera tenido que arreglar como pudiese, que él, Vivaldo, no iba por eso a perderse el carnaval.

Fueron muchos los que vieron perturbados sus proyectos de carnaval. A lo largo de la noche hubo un desfile continuo de gente, que venía a velar al bohemio. Algunos venían por ser Vadinho descendiente de la rama pobre y bastarda de una familia importante, los Guimaráes. Uno de sus antepasados había sido senador provincial y caudillo. Un tío suyo, apodado Chimbo, ocupó el cargo de delegado auxiliar durante unos pocos meses. Ese tío, uno de los pocos Guimaráes que reconocían a Vadinho como pariente legítimo, fue quien le consiguió el empleo en el Ayuntamiento: inspector de jardines, uno de los cargos más modestos, de mísera paga, que ni siquiera daba para una noche grande en el Tabaris. No es necesario destacar la total negligencia del joven funcionario municipal: jamás inspeccionó jardín de ninguna especie. Apareció por la repartición sólo para recibir los pocos cobres mensuales de su sueldo, o para intentar obtener el aval imposible del jefe, o para clavar en veinte o cincuenta mil réis a los colegas. Los jardines no le interesaban, no tenía tiempo para perderlo en plantas y flores; podían desaparecer todos los jardines de la ciudad que no lo notaría. Ave nocturna, sus canteros eran las mesas de juego, y sus flores, como bien lo había observado don Vivaldo, las fichas y las barajas.

Los que venían a causa del apellido Guimaráes se podían contar con los dedos: se trataba de algunos dudosos y apresurados parientes. Todos los demás, en aquel desfile innumerable, venían a despedirse de Vadinho, contemplar una vez más su rostro, dedicarle una sonrisa al recordar algo agradable, decirle adiós. Como le tenían cariño, disculpaban sus locuras y sólo tomaban en cuenta su lado bueno.

Uno de los primeros en llegar esa noche, vestido de etiqueta, pues más tarde tenía que ir con las hijas, tres apuestas mozas, al baile de un gran club, fue el comendador Celestino, portugués de nacimiento, banquero y exportador. Pero pasó por allí a la carrera, como quien cumple una fastidiosa obligación. Se demoró en la sala, conversando, recordando anécdotas de Vadinho, después de abrazar a doña Flor y ofrecerle sus servicios. ¿A qué se debía su estimación por el pequeño funcionario del Ayuntamiento, por el jugador siempre entrampado?

Vadinho tenía labia, ¡y qué labia! Cierta vez logró arrancarle al lusitano la firma para avalar un pagaré por varios contos de réis. Mas no se olvidó de pagar, pues jamás olvidaba las fechas de vencimiento de los diversos documentos que firmaba, esparcidos por los bancos y entre los usureros. No podía pagar, pero eso era otra cosa. En general nunca podía pagar, y no pagaba; sin embargo, el número de documentos aumentaba cada día, lo mismo que el número de los garantes. ¿Cómo lo conseguía?

Celestino no había vuelto a darle su aval, él no caía dos veces en el mismo cuento. Pero de vez en cuando le soltaba billetes de cien, doscientos y hasta quinientos mil réis cuando Vadinho se le presentaba desesperado, sin blanca y con la certeza de que aquel día iba a hacer saltar la banca. Pero otros lo avalaban hasta dos o tres veces, como si fuera el pagador más puntual, el de mejor historial bancario. Todos ellos vencidos por sus mañas, su conversación dramática y convincente.

El mismo Sampaio, marido de doña Norma, establecido con una zapatería en la Ciudad Baja, sujeto de pocas palabras, reconcentrado, poco dado a las visitas, a relaciones e intimidades con los vecinos – lo opuesto de su esposa- , había sido embaucado por Vadinho en varias oportunidades, y a pesar de eso no le había retirado su estimación ni el crédito en la zapatería. Cierta mañana compró al fiado varios pares de zapatos de los más finos y caros e inmediatamente los revendió a un precio ínfimo, casi ante los aterrorizados ojos de los empleados de Sampaio, a un negocio rival que acababa de instalarse en las inmediaciones. En dinero contante y sonante, Vadinho necesitaba efectivos con urgencia para jugar a la quiniela.

Pero el comerciante tenía en cuenta, al sopesar la conducta del trapacero, determinadas atenuantes que podían explicar y disculpar el desliz.

Suena Vida Louca Vida por Cazuza





Aquella misma tarde, un Vadinho alegre y despreocupado le contó que había soñado toda la noche con doña Gisa, quien transformada en avestruz lo perseguía por una campiña sin fin, no sabía si con la intención de retozar con él en el pastizal – era un avestruz hembra y en sus ojos brillaba una luz canalla-  o si pretendía devorarlo a picotazos, pues lo perseguía con su enorme pico abierto y amenazador. Se despertaba angustiado e intentaba volver a dormirse pensando en algo más agradable, pero de nuevo la pertinaz profesora volvía a correr tras él con los ojos libertinos y el pico abierto. Si doña Gisa hubiera estado en su cotidiana envoltura carnal Vadinho no habría huido, hubiera enfrentado el desafío y empreñado aquel demonio de gringa allí mismo, sobre el pasto, con todo su acento extranjero y sus conocimientos de psicología. Pero así, vestida de plumas y convertida en un avestruz descomunal, no le quedaba otra alternativa que la retirada vergonzosa. La pesadilla se repitió cuatro o cinco veces, y por la mañana, cansado de tanto correr, bañado en sudor, tuvo el pálpito más seguro, justo cuando no disponía de un solo centavo. Rastrilló toda la casa; doña Flor estaba pelada, él le había sacado en la víspera hasta las monedas. Salió con esperanza de sablear a algún conocido, pero la plaza estaba pesadísima, pues últimamente Vadinho había abusado de su escaso crédito.

Así las cosas, al pasar ante la Casa Stela, la bien surtida zapatería de Sampaio, tuvo la luminosa y divertida idea de dedicarse por breve tiempo a tan honesto negocio, única manera de obtener rápidamente algo de cambio. Si no hubiera emprendido esa operación comercial, deshonesta y desastrosa en apariencia, pero ciertamente sutil y lucrativa, jamás se lo hubiera perdonado, pues salió el avestruz – doña Gisa no mentía ni en sueños-  y cobró una cantidad importante. Agradecido y correcto, fue en seguida al negocio en busca de Zé Sampaio, y, a la vista de los atónitos empleados, le pagó el valor de la mercadería comprada por la mañana, comentando entre risas el primoroso lance e invitándolo a celebrar con un trago. Sampaio declinó la invitación, pero no se enfadó con él y continuó tratándolo y vendiéndole zapatos con descuento y a plazos. Le rebajaba el diez por ciento sobre el valor de factura, con crédito limitado a un par de zapatos de cada compra, y sólo después de haber liquidado la factura anterior.

Prueba todavía más impresionante del prestigio de Vadinho fue la presencia de Sampaio en el velatorio. Por unos minutos, es verdad, pero aquél era el primer velorio al que iba el comerciante en los últimos diez años. Le horrorizaban las obligaciones sociales de cualquier clase que fuesen, y sobre todo las ceremonias fúnebres, velorios, cementerios y misas de séptimo día, lo que inducía a doña Norma, cuando él rehusaba a acompañarla a uno de sus entierros semanales, a gritarle:

– Cuando mueras, Sampaio, no vas a tener gente ni para llevar el cajón… Será una vergüenza.

Sampaio le echaba una miraba torva y no le contestaba, poniéndose el dedo grande de la mano derecha entre los dientes, un gesto suyo habitual, de resignación ante la permanente agitación de la esposa.

Así pues, se hicieron presentes en el velatorio los importan­tes, como Celestino, Sampaio, el pariente Chimbo, el arquitecto Chaves, el doctor Barreiros, prominente figura de la Justicia, y el poeta Godofredo Filho. Llegaron en corporación los colegas del Ayuntamiento (a todos les debía Vadinho pequeñas cantidades). Al frente de ellos, retórico y solemne, el ilustre director de Parques y Jardines, trajeado de negro. También estaban los vecinos, ricos, pobres y de mediano pasar. Vinieron, finalmente, todos cuantos en Bahía por ese entonces frecuentaban las casas de juego, los cabarets, las bancas de quiniela, las casas de mujeres alegres: Mirandáo, Cúrvelo, Pe de Jegue, Waldomiro Lins y su joven hermano Wilson, Anacreon, Cardoso Pereba, Arigof y Pierre Verger con su perfil de pájaro y sus misterios de Ifá. Algu­nos, como el doctor Giovanni Guimaráes, médico y periodista, pertenecían a los dos sectores, pues estaban familiarizados con los grandes y los pequeños, los respetables y los irresponsables.

Los importantes recordaban a Vadinho entre risas, rememoraban sus anécdotas llenas de picardía y de malicia, sus divertidos lances, sus trampas audaces, sus enredos y tropelías, así como su buen corazón, su gentileza, su gracia intrascendente. También los vecinos lo recordaban así, y como a un bohemio sin horario y sin límites. Tanto unos como otros ampliaban la realidad, inventaban detalles, le atribuían casos y aventuras; la leyenda comenzaba a nacer allí mismo, junto a su cuerpo, casi en la misma hora de su muerte. El citado doctor Giovanni Guimaráes imaginaba fragmentos enteros de historias y floreaba los sucesos, pues era propenso a alguna que otra pequeña mentira, bien apoyada en fechas y lugares precisos:

– Un día, hará más de cuatro años, en el mes de marzo, encontré a Vadinho en los «Tres Duques», jugando al diecisiete. Iba vestido con una capa bajo la cual no llevaba nada puesto: estaba desnudito. Había llevado todo al montepío. Lo había empeñado todo, saco y pantalón, camisa y calzoncillos, para poder jugar. Ramiro, aquel español avaro del «Setenta y Siete», sólo quería aceptar los pantalones y el saco. ¿Qué diablos podía hacer con una camisa de cuello raído, unos calzoncillos viejos, una corbata gastada? Pero Vadinho logró que recibiera todo, hasta las medias, quedándose sólo con los zapatos. Era tan envolvente su palabra que consiguió que Ramiro, esa fiera que ustedes conocen, le prestase una capa casi nueva, pues no iba a salir desnudo calle adelante, en dirección a los «Tres Duques».

– ¿Y ganó? – preguntó el joven Artur, hijo de Sampaio y de doña Norma, estudiante de bachillerato y admirador de Vadinho, que escuchaba boquiabierto el relato del periodista.

El doctor Giovanni miró al mozo e hizo una pausa, al mismo tiempo que una sonrisa iluminaba su rostro:

– ¿Cómo? A la madrugada perdió la capa del español al diecisiete y lo tuvieron que llevar a la casa envuelto en unas hojas de diario…

Y la sonrisa del doctor se convirtió en una sonora y contagiosa carcajada; contagiosa, pues no había quien pudiera igualar al doctor Giovanni a la hora de animar una velada.

En ese momento entraba en la sala el indescifrable Robato y el periodista agregó, como prueba definitiva, estas palabras, todavía en medio de la risa general:

– Aquí llega alguien que no me ha de dejar mentir… ¿Tú todavía te acordarás, Robato, de aquella noche en que Vadinho tuvo que volver a su casa desnudo, envuelto en un diario?

Robato no era hombre que vacilara: echó una mirada en derredor, observando al grupo instalado en un rincón del comedor, temiendo la presencia de oídos femeninos e indiscretos, y asegurándose de que no iban a llegar a los de la desolada viuda semejantes recuerdos. Pero todo ello sin vacilaciones, pues él no rechazaba desaños, ya que era hombre de fácil improvisación, resueltamente, tomó pie en las últimas palabras de la pregunta:

– ¿Desnudo, envuelto en un diario? ¡Ah, vaya si me acuerdo! – carraspeó para aclarar su voz retumbante y dar tiempo a que se desatara su imaginación- . Pero si el periódico era mío… Fue en el burdel de Eunice- Un- Diente- Sólo; además de nosotros dos y de Vadinho me acuerdo que estaba Carlinhos Mascarenhas, Jenner y Viriato Tanajura… Se había bebido mucho durante toda la noche, teníamos una mona descomunal…

El tal Robato era un noctámbulo de las huestes de Vadinho, aunque de otra estirpe. No lo tentaba el juego ni le huía al trabajo; por el contrario, era un hombre- orquesta y tenía fama de activo y competente. Fabricaba dentaduras, arreglaba radios y tocadiscos, hacía retratos para carnets, se movía cómodamente en medio de toda clase de máquinas, con maña y prolijidad. Su ruleta era la poesía, bien medida y bien rimada (rimas ricas), su casino los bares y cabarets en que transcurrían sus madrugadas – en compañía de otros tenaces literatos y de hetairas simpatizantes de las musas y de sus cultores- , declamando odas, cantos libertarios, poemas líricos y lúbricos y sonetos de amor. Todo de su pluma. El mismo se proclamaba «rey mundial del soneto», y había batido todas las marcas conocidas, siendo autor, hasta aquella fecha, de 20.865 sonetos, entre los decasílabos y los alejandrinos, de arte menor y arte mayor, así como anacíclicos. Un principio de calvicie amenazaba su cabellera morena de vate, pero no aminoraba su radiante simpatía.

Mientras él hablaba, era como si Vadinho cruzase de nuevo por la sala, envuelto en diarios.

El joven Artur no lo olvidaría más, le recordaría para siempre así, cubriéndose con las páginas de La Tarde, héroe de un mundo prohibido y fascinante.

Suena Mentiras por Adriana Calcanhotto





Las anécdotas proseguían mientras doña Norma, doña Gisa, la casadera Regina y otras mozas y señoras servían café con pastelitos y copas de cachaça y de licor de frutas. Los vecinos habían contribuido para que nada faltase en el velatorio.

Los importantes, sentados en el comedor, en el corredor, en la puerta de calle, recordaban a Vadinho entre anécdotas y risas. Los otros, sus aparceros de juego y de granujerías, lo recordaban en silencio, serios y conmovidos, permaneciendo en la sala de recibo, de pie junto al cadáver. Al entrar, se detenían ante doña Flor y estrechaban su mano, turbados, como si fueran responsables de las malas andanzas de Vadinho. Muchos de ellos ni siquiera la conocían de vista, pero de tanto oír hablar de ella sabían que a veces Vadinho le había sacado hasta el dinero de los gastos diarios para jugarlo en el Pálace, en el Tabaris, en el Abaixadinho, en el antro de Zezé Meningite, en el de Abilio Moqueca, en las múltiples ruletas ilegales de la ciudad, incluso en el mal afamado garito del negro Paranaguá Ventura, en donde por principio sólo podía ganar el banquero.

Figura torva y temible esa del negro Paranaguá Ventura, con sus incontables entradas en la policía – un montón de acusaciones jamás probadas del todo- , con fama de ladrón, violador y asesino. Había sido procesado por asesinato, siendo absuelto más por falta de coraje de los jurados que por falta de pruebas. Decían que era autor de otros dos crímenes, sin contar a la mujer apuñalada en la Ladeira de Sao Miguel, en pleno mediodía, porque ésta se había salvado por un tris. El cubil de Paranaguá sólo era frecuentado por matones profesionales, gente de cartas marcadas, rateros, carteristas, estafadores, gente que ya no tenía nada más que perder. Pues bien: hasta allí llegaba Vadinho con su escaso dinero y su alegre risa, y quizá fuese uno de los pocos elegidos que se podían alabar de haber ganado alguna vez con los dados falsos de Paranaguá. (Se sabía que de cuando en cuando el negro permitía que algún compinche de su preferencia acertase una jugada.)

También habían venido casi todas las alumnas de doña Flor. Las alumnas y ex alumnas, unánimes en el deseo de consolar a la estimada y competente profesora, tan buenita ¡cuitada! De tres en tres meses se sucedían las promociones en los cursos de cocina general (por la mañana) y de cocina bahiana (por la tarde), que iban a doctorarse en horno y fogón. Con diploma impreso y con un Cuadro de Honor, que se exponía en una tienda de la Avenida Sete, desde una antigua camada, a la que había pertenecido doña Oscarlinda, enfermera de categoría, funcionaria del Hospital Portugués, esbelta y provocativa, que perdía el juicio, que se enloquecía por armar líos. Había exigido el diploma y el Cuadro de Honor, movilizando a las compañeras, haciendo una campaña de todos los diablos, recogiendo donaciones, encontrando un dibujante gratuito: la entrometida no dejó títere con cabeza.

Ante semejante presión, doña Flor aceptó todo, incluido el dibujante, un conocido de doña Oscarlinda, no sin antes proclamar la competencia de su hermano Héctor – autor del cartel con el nombre de la Escuela cuando ésta estaba todavía en la Ladeira do Alvo– , y que ahora, desdichadamente, residía en Nazareth das Farmhas. De todos modos, sintió halagada su vanidad cuando leyó en el diploma y en el Cuadro de Honor, en grandes letras tipográficas:

ESCUELA DE COCINA: SABOR Y ARTE

Y más abajo, en caracteres ornamentales:

Directora: Florípedes Paiva Guimaráes

En los raros días en que se despertaba relativamente temprano, Vadinho se quedaba en casa y rondaba a las alumnas, entrometiéndose en las clases de cocina y perturbándolas. Reunidas en torno a la profesora, vivaces y graciosas, tomaban nota de las recetas, las cantidades exactas de camarones, de aceite de dendé, de coco rallado, una pizca de pimiento «do reino», aprendían a preparar el pescado y la carne, a batir los huevos. Vadinho intervenía con una frase sobre los huevos, de doble sentido, y las descaradas se reían. Unas descaradas, eso es lo que eran todas ellas. Mucha amistad y mucho adular a doña Flor, pero sus ojos estaban más interesados en el granuja. Allí estaba él con su aire travieso y altivo, despatarrado sobre una silla o tendido sobre un peldaño de la puerta de la cocina, a sus anchas, midiéndolas con la mirada de arriba abajo, demorándose con atrevimiento en las piernas, en las rodillas, en los sobacos, a la altura de los senos. Ellas bajaban los ojos, pero el- no- sé- cómo- llamarle no bajaba los suyos. Doña Flor preparaba los platos salados y los bollos, las tortas y los dulces en las clases de práctica. Vadinho opinaba, lanzaba pullas, comía las golosinas, circulando en torno a ellas, trabando conversación con las más bonitas, arriesgando la mano pecaminosa si alguna, más audaz, se le acercaba. Doña Flor se ponía nerviosa, tensa, al punto de equivocarse en la cantidad de manteca derretida para el difícil manué, rogando a Dios que Vadinho se fuera a la calle, al malandrinaje, al infortunio del juego, pero que dejase en paz a las alumnas.

Ahora, en el velatorio, rodeaban y consolaban a doña Flor, pero una de ellas, la pequeña Ieda, con su cara de gata arisca, apenas podía contener las lágrimas y no desviaba los ojos del rostro del muerto. Doña Flor percibió en seguida lo exagerado del sentimiento y el corazón le dio un vuelco. ¿Habría habido algo entre ellos? Nunca había notado nada sospechoso, pero ¿quién podría garantizar que no se hubieran encontrado fuera de la escuela y terminado en un hotelito cualquiera? Vadinho, desde lo ocurrido con la pizpireta de Noémia, aparentemente había dejado de acechar a las alumnas. Pero era muy astuto, nada le impedía esperar a la desvergonzada en la esquina, darle conversación… y ¿qué mujer resistiría la labia de Vadinho? Doña Flor seguía la mirada de Ieda, descubría los trémulos pucheritos de la moza. No cabía duda, iay!, Vadinho era incorregible…

De todos los disgustos que le diera el marido, ninguno comparable al caso de la virgen Noémia, putita de familia respetable, y para colmo ennoviada, ¡un horror! Pero doña Flor no quería recordar esa antigua pena en la noche del velatorio, cuando por última vez contemplaba fijamente la cara de Vadinho. Todo eso había pasado, era algo lejano, la fulana se había casado, se había ido con el novio, un tipo llamado Alberto, con humos de periodista y un talento precoz, pues siendo tan joven era ya cornudo. Además, con el casamiento, la engreída se había puesto fea de repente, se había convertido en una barrigona increíble.

Cuando en aquella ocasión todo terminó bien, por milagro, Vadinho le dijo, en el calor del lecho y de la reconciliación: “Como mujer permanente sólo a ti soy capaz de soportar. El resto no es más que xixica para pasar el tiempo”. En el velatorio, rodeada por tanta gente y por tanto afecto, doña Flor no deseaba acordarse de aquella historia ya olvidada, ni vigilar los gestos y las miradas de la pequeña Ieda, con su llanto incontenible, su secreto revelado por las lágrimas. Muerto él ya no importaba nada, ¿para qué aclarar, poner en limpio, acusar y afligirse? Él había muerto, lo había pagado todo y hasta con intereses al morir tan joven. Doña Flor se sentía en paz con el marido, no tenía cuentas que saldar con él.

Inclinó la cabeza y dejó de controlar los movimientos de la moza. Al bajar los ojos sólo sentía en el recuerdo la mano de Vadinho, acariciando su cuerpo en el lecho matrimonial, diciéndole al oído:

«Todo xixica para pasar el tiempo; permanente, sólo tú, Flor, mi flor de albahaca, ninguna otra.»

¿Qué diablos quería decir xixica?- se preguntó de pronto doña Flor– . Era una pena no habérselo preguntado, pero seguro que no sería nada bueno. Sonrió. Todo xixica; permanente sólo ella, Flor, una flor de Vadinho, deshojada por su mano…

Y con Já Sei Namorar por Tribalistas nos despedimos hasta el próximo podcast de Variaciones en Negro.


©2020-berkanaradio®

Julio Cortázar y su amor por el Jazz



Éste primer episodio de Variaciones en Negro está dedicado al notable Julio Cortázar, hijo de un funcionario asignado a la embajada argentina en Bélgica, su nacimiento coincidió con el inicio de la Primera Guerra Mundial, por lo que sus padres permanecieron más de lo previsto en Europa. En 1918, a los cuatro años de edad, Julio Cortázar se desplazó con ellos a Argentina, para radicarse en el suburbio bonaerense de Banfield.




El Perseguidor de Cortázar es mucho más que una imagen biográfica sobre Charlie Parker. Es una reflexión sobre el tiempo, la búsqueda de una esencia y el “otro lado”. Julio Cortázar no conoció nunca a Charlie Parker, pero encontró en él a un referente con el cual construir al personaje Johnny Carter, el cual le sirvió para plantear grandes temas. Hay muchas cosas en este cuento que hablan sobre Cortázar, su propia búsqueda y obras posteriores como Rayuela.

“El jazz, y la música en general, es una especie de presencia continua en lo que yo escribo” dijo alguna vez Julio Cortázar. De alguna forma, se puede decir que su escritura es libre e improvisada, como un jazz literario. Uno de los efectos del jazz en este mundo es acompañar a la gente en su trabajo creativo y ensoñaciones.

El jazz es algo que este escritor admiraba y degustaba. El jazz como una música de flujos libres, abierta a la improvisación, un lugar donde se da rienda suelta, donde no se sabe muy bien para donde se va, pero en el cual se siente que se va para algún lado. Charlie Parker era ese improvisador entregado, que se va por la música como por entre un tubo. Cortázar dice que su trabajo como escritor era así, como un jazz.

“Un escritor nunca llega a escribir lo que realmente él quisiera escribir” dijo en una entrevista, refiriéndose a sí mismo. Lo mismo pasa con su personaje en El Perseguidor, Johnny Carter, quien pese a su desbordante talento dice nunca haber llegado a tocar la música que idealmente le gustaría tocar. Por más que lo persiguiera en sus viajes musicales. Tal vez, más que una referencia a Charlie Parker, El Perseguidor es una imagen autobiográfica de Julio Cortázar.  No obstante, se sabe que Cortázar eligió a Charlie Parker porque además de amarlo, estéticamente, musicalmente, había rasgos de la vida de éste que coincidían con el personaje que el escritor estaba fraguando. *

Suena Romance Without Finance por Charlie Parker.


…Dédée me ha llamado por la tarde diciéndome que Johnny no estaba bien, y he ido en seguida al hotel. Desde hace unos días Johnny y Dédée están en la rue Lagrange, en una pieza del cuarto piso. Me ha bastado ver la puerta de la pieza para darme cuenta de que Johnny está en la peor de las miserias; la ventana da a un patio casi negro, y a la una de la tarde hay que tener la luz encendida si se quiere leer el diario o verse la cara. No hace frío, pero he encontrado a Johnny envuelto en una frazada, encajado en un roñoso sillón que larga por todos lados pedazos de estopa amarillenta. Dédée está envejecida, y el vestido rojo le queda muy mal; es un vestido para el trabajo, para las luces de la escena; en esa pieza del hotel se convierte en una especie de coágulo repugnante.

−El compañero Bruno es fiel como el mal aliento −ha dicho Johnny a manera de saludo, remontando las rodillas hasta apoyar en ellas el mentón. Dédée me ha alcanzado una silla y yo he sacado un paquete de Gauloises. Traía un frasco de ron en el bolsillo, pero no he querido mostrarlo hasta hacerme una idea de lo que pasa.

Creo que lo más irritante era la lamparilla con su ojo arrancado colgando del hilo sucio de moscas. Después de mirarla una o dos veces, y ponerme la mano como pantalla, le he preguntado a Dédée si no podíamos apagar la lamparilla y arreglarnos con la luz de la ventana. Johnny seguía mis palabras y mis gestos con una gran atención distraída, como un gato que mira fijo pero que se ve que está por completo en otra cosa; que es otra cosa. Por fin Dédée se ha levantado y ha apagado la luz. En lo que quedaba, una mezcla de gris y negro, nos hemos reconocido mejor. Johnny ha sacado una de sus largas manos flacas de debajo de la frazada, y yo he sentido la fláccida tibieza de su piel. Entonces Dédée ha dicho que iba a preparar unos nescafés. Me ha alegrado saber que por lo menos tienen una lata de nescafé. Siempre que una persona tiene una lata de nescafé me doy cuenta de que no está en la última miseria; todavía puede resistir un poco.

−Hace rato que no nos veíamos −le he dicho a Johnny−. Un mes por lo menos.
−Tú no haces más que contar el tiempo −me ha contestado de mal humor−. El primero, el dos, el tres, el veintiuno. A todo le pones un número, tú. Y ésta es igual. ¿Sabes por qué está furiosa? Porque he perdido el saxo. Tiene razón, después de todo.
−¿Pero cómo has podido perderlo? −le he preguntado, sabiendo en el mismo momento que era justamente lo que no se le puede preguntar a Johnny.
−En el métro −ha dicho Johnny−. Para mayor seguridad lo había puesto debajo del asiento. Era magnífico viajar sabiendo que lo tenía debajo de las piernas, bien seguro.
−Se dio cuenta cuando estaba subiendo la escalera del hotel −ha dicho Dédée, con la voz un poco ronca−. Y yo tuve que salir como una loca a avisar a los del métro, a la policía.

Por el silencio siguiente me he dado cuenta de que ha sido tiempo perdido. Pero Johnny ha empezado a reírse como hace él, con una risa más atrás de los dientes y de los labios.

−Algún pobre infeliz estará tratando de sacarle algún sonido −ha, dicho−. Era uno de los peores saxos que he tenido nunca; se veía que Doc Rodríguez había tocado en él, estaba completamente deformado por el lado del alma. Como aparato en sí no era malo, pero Rodríguez es capaz de echar a perder un Stradivarius con solamente afinarlo.
−¿Y no puedes conseguir otro?
−Es lo que estamos averiguando −ha dicho Dédée−. Parece que Rory Friend tiene uno. Lo malo es que el contrato de Johnny…
−El contrato −ha remedado Johnny−. Qué es eso del contrato. Hay que tocar y se acabó, y no tengo saxo ni dinero para comprar uno, y los muchachos están igual que yo.

Esto último no es cierto, y los tres lo sabemos. Nadie se atreve ya a prestarle un instrumento a Johnny, porque lo pierde o acaba con él en seguida. Ha perdido el saxo de Louis Rolling en Bordeaux, ha roto en tres pedazos, pisoteándolo y golpeándolo, el saxo que Dédée había comprado cuando lo contrataron para una gira por Inglaterra. Nadie sabe ya cuántos instrumentos lleva perdidos, empeñados o rotos. Y en todos ellos tocaba como yo creo que solamente un dios puede tocar un saxo alto, suponiendo que hayan renunciado a las liras y a las flautas…

(El Perseguidor)

Suena Sweet Georgia Brown por Charlie Parker





…−Me di cuenta cuando era muy chico, casi en seguida de aprender a tocar el saxo. En mi casa había siempre un lío de todos los diablos, y no se hablaba más que de deudas, de hipotecas. ¿Tú sabes lo que es una hipoteca? Debe ser algo terrible, porque la vieja se tiraba de los pelos cada vez que el viejo hablaba de la hipoteca, y acababan a los golpes. Yo tenía trece años… pero ya has oído todo eso.Vaya si lo he oído; vaya si he tratado de escribirlo bien y verídicamente en mi biografía de Johnny.

−Por eso en casa el tiempo no acababa nunca, sabes. De pelea en pelea, casi sin comer. Y para colmo la religión, ah, eso no te lo puedes imaginar. Cuando el maestro me consiguió un saxo que te hubieras muerto de risa si lo ves, entonces creo que me di cuenta en seguida. La música me sacaba del tiempo, aunque no es más que una manera de decirlo. Si quieres saber lo que realmente siento, yo creo que la música me metía en el tiempo. Pero entonces hay que creer que este tiempo no tiene nada que ver con… bueno, con nosotros, por decirlo así.

Como hace rato que conozco las alucinaciones de Johnny, de todos los que hacen su misma vida, lo escucho atentamente pero sin preocuparme demasiado por lo que dice. Me pregunto en cambio cómo habrá conseguido la droga en París.

Tendré que interrogar a Dédée, suprimir su posible complicidad. Johnny no va a poder resistir mucho más en ese estado. La droga y la miseria no saben andar juntas. Pienso en la música que se está perdiendo, en las docenas de grabaciones donde Johnny podría seguir dejando esa presencia, ese adelanto asombroso que tiene sobre cualquier otro músico. “Esto lo, estoy tocando mañana” se me llena de pronto de un sentido clarísimo, porque Johnny siempre está tocando mañana y el resto viene a la zaga, en este hoy que él salta sin esfuerzo con las primeras notas de su música.

Soy un crítico de jazz lo bastante sensible como para comprender mis limitaciones, y me doy cuenta de que lo que estoy pensando está por debajo del plano donde el pobre Johnny trata de avanzar con sus frases truncadas, sus suspiros, sus súbitas rabias y sus llantos. A él le importa un bledo que yo lo crea genial, y nunca se ha envanecido de que su música esté mucho más allá de la que tocan sus compañeros. Pienso melancólicamente que él está al principio de su saxo mientras yo vivo obligado a conformarme con el final. Él es la boca y yo la oreja, por no decir que él es la boca y yo… Todo crítico, ay, es el triste final de algo que empezó como sabor, como delicia de morder y mascar. Y la boca se mueve otra vez, golosamente la gran lengua de Johnny recoge un chorrito de saliva de los labios. Las manos hacen un dibujo en el aire.

−Bruno, si un día lo pudieras escribir… No por mí, entiendes, a mí qué me importa. Pero debe ser hermoso, yo siento que debe ser hermoso. Te estaba diciendo que cuando empecé a tocar de chico me di cuenta de que el tiempo cambiaba. Esto se lo conté una vez a Jim y me dijo que todo el mundo se siente lo mismo, y que cuando uno se abstrae… Dijo así, cuando uno se abstrae. Pero no, yo no me abstraigo cuando toco. Solamente que cambio de lugar. Es como en un ascensor, tú estás en el ascensor hablando con la gente, y no sientes nada raro, y entre tanto pasa el primer piso, el décimo, el veintiuno, y la ciudad se quedó ahí abajo, y tú estás terminando la frase que habías empezado al entrar, y entre las primeras palabras y las últimas hay cincuenta y dos pisos. Yo me di cuenta cuando empecé a tocar que entraba en un ascensor, pero era un ascensor de tiempo, si te lo puedo decir así. No creas que me olvidaba de la hipoteca o de la religión.

Solamente que en esos momentos la hipoteca y la religión eran como el traje que uno no tiene puesto; yo sé que el traje está en el ropero, pero a mí no vas a decirme que en ese momento ese traje existe. El traje existe cuando me lo pongo, y la hipoteca y la religión existían cuando terminaba de tocar y la vieja entraba con el pelo colgándole en mechones y se quejaba dé que yo le rompía las orejas con esa−música−del−diablo.

Dédée ha traído otra taza de nescafé, pero Johnny mira tristemente su vaso vacío.

−Esto del tiempo es complicado, me agarra por todos lados. Me empiezo a dar cuenta poco a poco de que el tiempo no es como una bolsa que se rellena. Quiero decir que aunque cambie el relleno, en la bolsa no cabe más que una cantidad y se acabó. ¿Ves mi valija, Bruno? Caben dos trajes, y dos pares de zapatos. Bueno, ahora imagínate que la vacías y después vas a poner de nuevo los dos trajes y los dos pares de zapatos, y entonces te das cuenta de que solamente caben un traje y un par de zapatos. Pero lo mejor no es eso. Lo mejor es cuando te das cuenta de que puedes meter una tienda entera en la valija, cientos y cientos de trajes, como yo meto la música en el tiempo cuando estoy tocando, a veces. La música y lo que pienso cuando viajo en el métro.

−Cuando viajas en el métro.

−Eh, sí, ahí está la cosa −ha dicho socarronamente Johnny−. El métro es un gran invento, Bruno. Viajando en el métro te das cuenta de todo lo que podría caber en la valija. A lo mejor no perdí el saxo en el métro, a lo mejor…

Se echa a reír, tose, y Dédée lo mira inquieta. Pero él hace gestos, se ríe y tose mezclando todo, sacudiéndose debajo de la frazada como un chimpancé. Le caen lágrimas y se las bebe, siempre riendo.

−Mejor es no confundir las cosas −dice después de un rato−. Lo perdí y se acabó. Pero el métro me ha servido para darme cuenta del truco de la valija. Mira, esto de las cosas elásticas es muy raro, yo lo siento en todas partes. Todo es elástico, chico. Las cosas que parecen duras tienen una elasticidad…

Piensa, concentrándose.

−…una elasticidad retardada −agrega sorprendentemente. Yo hago un gesto de admiración aprobatoria. Bravo, Johnny. El hombre que dice que no es capaz de pensar. Vaya con Johnny. Y ahora estoy realmente interesado por lo que va a decir, y él se da cuenta y me mira más socarronamente que nunca…

(El Perseguidor)

Suena If I Love Again por Charlie Parker


A un señor se le caen al suelo los anteojos, que hacen un ruido terrible al chocar con las baldosas. El señor se agacha afligidísimo porque los cristales de anteojos cuestan muy caro, pero descubre con asombro que por milagro no se le han roto.

Ahora este señor se siente profundamente agradecido, y comprende que lo ocurrido vale por una advertencia amistosa, de modo que se encamina a una casa de óptica y adquiere en seguida un estuche de cuero almohadillado doble protección, a fin de curarse en salud. Una hora más tarde se le cae el estuche, y al agacharse sin mayor inquietud descubre que los anteojos se han hecho polvo. A este señor le lleva un rato comprender que los designios de la Providencia son inescrutables, y que en realidad el milagro ha ocurrido ahora.

(Historia Verídica)

Suena I Only Have Eyes For You por Billie Holiday





…Hablo de un tiempo distante y ya cinerario, cuando éramos varios y vivíamos lo que digo aquí, un poco para los demás y casi todo para mis días feriados que relleno infatigable con palabras. La naranja se abre en gajos translúcidos que alzo al sol de una lámpara para ver entre la linfa del glóbulo sombrío de las semillas. De uno de los gajos salen los Vigil, ahora estoy con ellos y los otros en la casa de Villa del Parque donde jugábamos a vivir.

Jorge cultivaba la introspección, decía poemas automáticos con infaltable belleza. Aplastado contra la mesa de dibujo, el pelo entre papeles canson y carbonilla, murmuraba para sí las melopeas preliminares que lo ponían en trance.

–Está aceitando la bicicleta –me dijo Marta que escogía entonces la imagen violenta–. Vení a ver esta hermosura.

Me acerqué al ventanal que daba al oeste. El paisaje agronómico quedaba detrás de un toldo a rayas naranja y azul, pero alguien había cubierto un agujero rectangular por donde entraba el sol de las cuatro mezclado con pedazos de figuras y de nubes.

–Mirá desde aquí, es un Poussin fabuloso.

No era en absoluto un Poussin, más bien un Rousseau, pero la óptica de la tarde, el calor, algo en ese trozo de exterior calando por el toldo, le daba un relieve del que no podía uno escaparse. Inclinándome en el ángulo que me exigía Marta vi la razón de su maravilla. En un campo a tres cuadras, al borde mismo de la facultad de agronomía, un montón de vacas pastaba a pleno sol, blancas y negras con infalible simetría. Tenían algo de mosaico y cuadro vivo, un ballet idiota de figuras lentísimas y obstinadas; la distancia impedía apreciar sus movimientos, pero fijándose con atención se veía cambiar poco a poco la forma del conjunto, la constelación vacuna.

–Lo fantástico es cómo caben dieciséis vacas en este agujerito –dijo Marta–. Ya sé lo de la distancia, etc. También con un dedo se tapa el sol, blah blah. Pero si te fiás solamente de tus ojos, por un momento solamente de tus ojos, y ves esa calcomanía purísima ahí lejos, todo perfecto el campo verde las vacas negras y blancas, dos juntas, otra más allá, tres en hilera y recortadas, lo estupendo es la irrealidad de esas figuras tarjeta postal.

–El marco del agujero ayuda a la ilusión –dije–. Cuando llegue Renato le podríamos pedir que lo pinte. Realismo mágico, dieciséis vacas celebrando el nacimiento de Venus en un amanecer tórrido.

–El título está bien, sin contar que sería la única manera de convencerlo a Renato que pinte algo que vemos los demás. Aunque su cuadro de ahora es bastante fotográfico.

–Bueno, sí. Pero fotográfico a la manera marciana o a través del ojo facetado de una mosca. Imaginate fotografiar la realidad a través de un ojo de mosca.

–Prefiero mis vaquitas. Miralas otra vez. Insecto, miralas otra vez. Lástima que Jorge duerma; hubiera sido bueno hacérselas ver.

Ya sabía yo lo que iba a pasar. Jorge movió convulsivamente un brazo, enderezándose a medias sobre la mesa de Renato. Estaba un poco pálido, miraba fijamente a su hermana.

–Escuchá, zonza, ya lo tengo. Oigan los dos, ahora va a empezar. La palabra es menta, todo nace de ahí, lo veo todo pero no sé qué va a ser. Ahora esperen, la sombra de la menta en los labios, el origen sigiloso de ciertas bebidas que se degustan bajo luces de humo, tornan alguna vez como palabras y se agregan al recuerdo para no dejarlo andar solo bajo las antiguas lunas. (“Buen poema”, me dijo Marta al oído mientras escribía velocísima). Todo esto es vano, lo importante permanece en la actitud sobria de los edificios y las nubes bajas; sin embargo forma parte de vidas ya depositadas en el fondo de vasos secos, con huellas de labios en el borde donde el polvo del amanecer se decanta innumerable.

Así es como recuerdo un anís seco y penetrante bebido en una casa de la calle Paysandú; una aloja devorada por el alto calor de Tucumán, y una granadina flor de fuego en un café japonés de Mendoza. En esta tierra de profundos vinos la geografía está colmada de sabores rojos o áureos, mostos picantes de San Juan, botellas de Bianchi cuyano y breve gloria en fuste altísimo de los Súter legendarios. Este vino es un caracol andino, aquél una noche sin sueño y transcurrida de acequias, y el más amargo y humilde, el vino de almacén en calles de tierra y sauces crecidos, las orillas de Buenos Aires donde el hastío llama la sed.

Jorge se detuvo para respirar ruidosamente, hizo un raro gesto con la boca.

–También es justo inclinarse sobre la diáfana pequeñez de los aguardientes, que… Mierda, ya no anda.

Se enderezó jadeando. El color le volvía a la cara, pero aún estaba ausente a medias. Se tiró en una silla.

–Demasiado espectáculo para tan poco –me dijo Marta–. Parece un catálogo de Arizu. Me gustaron más los de anoche, le salieron de golpe y perfectos. ¿Vos los conocés, Insecto?

–No.

–Se llaman “Poemas con osos blandos”.

–Cada oso tendrá su reloj –dije maliciosamente–. También hay plagios automáticos.

– ¿Y qué es un plagio, querés decirme? Hay que analizar la idea del plagio desde sus comienzos. ¿No ves mis vacas? Una plagia a la otra, dieciséis plagios en negro y blanco; el resultado, una estupenda tarjeta estilo idiota. Obra maestra…

(Divertimento)

Suena Jump For Joy por Duke Ellington





… Andrée, yo no quería venirme a vivir a su departamento de la calle Suipacha. No tanto por los conejitos, más bien porque me duele ingresar en un orden cerrado, construido ya hasta en las más finas mallas del aire, esas que en su casa preservan la música de la lavanda, el aletear de un cisne con polvos, el juego del violín y la viola en el cuarteto de Rará. Me es amargo entrar en un ámbito donde alguien que vive bellamente lo ha dispuesto todo como una reiteración visible de su alma, aquí los libros (de un lado en español, del otro en francés e inglés), allí los almohadones verdes, en este preciso sitio de la mesita el cenicero de cristal que parece el corte de una pompa de jabón, y siempre un perfume, un sonido, un crecer de plantas, una fotografía del amigo muerto, ritual de bandejas con té y tenacillas de azúcar… Ah, querida Andrée, qué difícil oponerse, aun aceptándolo con entera sumisión del propio ser, al orden minucioso que una mujer instaura en su liviana residencia. Cuán culpable tomar una tacita de metal y ponerla al otro extremo de la mesa, ponerla allí simplemente porque uno ha traído sus diccionarios ingleses y es de este lado, al alcance de la mano, donde habrán de estar. Mover esa tacita vale por un horrible rojo inesperado en medio de una modulación de Ozenfant, como si de golpe las cuerdas de todos los contrabajos se rompieran al mismo tiempo con el mismo espantoso chicotazo en el instante más callado de una sinfonía de Mozart. Mover esa tacita altera el juego de relaciones de toda la casa, de cada objeto con otro, de cada momento de su alma con el alma entera de la casa y su habitante lejana. Y yo no puedo acercar los dedos a un libro, ceñir apenas el cono de luz de una lámpara, destapar la caja de música, sin que un sentimiento de ultraje y desafío me pase por los ojos como un bando de gorriones.

Usted sabe por qué vine a su casa, a su quieto salón solicitado de mediodía. Todo parece tan natural, como siempre que no se sabe la verdad. Usted se ha ido a París, yo me quedé con el departamento de la calle Suipacha, elaboramos un simple y satisfactorio plan de mutua convivencia hasta que septiembre la traiga de nuevo a Buenos Aires y me lance a mí a alguna otra casa donde quizá… Pero no le escribo por eso, esta carta se la envío a causa de los conejitos, me parece justo enteraría; y porque me gusta escribir cartas, y tal vez porque llueve.

Me mudé el jueves pasado, a las cinco de la tarde, entre niebla y hastío. He cerrado tantas maletas en mi vida, me he pasado tantas horas haciendo equipajes que no llevaban a ninguna parte, que el jueves fue un día lleno de sombras y correas, porque cuando yo veo las correas de las valijas es como si viera sombras, elementos de un látigo que me azota indirectamente, de la manera más sutil y más horrible. Pero hice las maletas, avisé a la mucama que vendría a instalarme, y subí en el ascensor. Justo entre el primero y segundo piso sentí que iba a vomitar un conejito. Nunca se lo había explicado antes, no crea que por deslealtad, pero naturalmente uno no va a ponerse a explicarle a la gente que de cuando en cuando vomita un conejito. Como siempre me ha sucedido estando a solas, guardaba el hecho igual que se guardan tantas constancias de lo que acaece (o hace uno acaecer) en la privacía total. No me lo reproche, Andrée, no me lo reproche. De cuando en cuando me ocurre vomitar un conejito. No es razón para no vivir en cualquier casa, no es razón para que uno tenga que avergonzarse y estar aislado y andar callándose.

Cuando siento que voy a vomitar un conejito me pongo dos dedos en la boca como una pinza abierta, y espero a sentir en la garganta la pelusa tibia que sube como una efervescencia de sal de frutas. Todo es veloz e higiénico, transcurre en un brevísimo instante. Saco los dedos de la boca, y en ellos traigo sujeto por las orejas a un conejito blanco. El conejito parece contento, es un conejito normal y perfecto, sólo que muy pequeño, pequeño como un conejito de chocolate pero blanco y enteramente un conejito. Me lo pongo en la palma de la mano, le alzo la pelusa con una caricia de los dedos, el conejito parece satisfecho de haber nacido y bulle y pega el hocico contra mi piel, moviéndolo con esa trituración silenciosa y cosquilleante del hocico de un conejo contra la piel de una mano. Busca de comer y entonces yo (hablo de cuando esto ocurría en mi casa de las afueras) lo saco conmigo al balcón y lo pongo en la gran maceta donde crece el trébol que a propósito he sembrado. El conejito alza del todo sus orejas, envuelve un trébol tierno con un veloz molinete del hocico, y yo sé que puedo dejarlo e irme, continuar por un tiempo una vida no distinta a la de tantos que compran sus conejos en las granjas.

Entre el primero y segundo piso, Andrée, como un anuncio de lo que sería mi vida en su casa, supe que iba a vomitar un conejito. En seguida tuve miedo (¿o era extrañeza? No, miedo de la misma extrañeza, acaso) porque antes de dejar mi casa, sólo dos días antes, había vomitado un conejito y estaba seguro por un mes, por cinco semanas, tal vez seis con un poco de suerte. Mire usted, yo tenía perfectamente resuelto el problema de los conejitos. Sembraba trébol en el balcón de mi otra casa, vomitaba un conejito, lo ponía en el trébol y al cabo de un mes, cuando sospechaba que de un momento a otro… entonces regalaba el conejo ya crecido a la señora de Molina, que creía en un hobby y se callaba. Ya en otra maceta venía creciendo un trébol tierno y propicio, yo aguardaba sin preocupación la mañana en que la cosquilla de una pelusa subiendo me cerraba la garganta, y el nuevo conejito repetía desde esa hora la vida y las costumbres del anterior. Las costumbres, Andrée, son formas concretas del ritmo, son la cuota del ritmo que nos ayuda a vivir. No era tan terrible vomitar conejitos una vez que se había entrado en el ciclo invariable, en el método. Usted querrá saber por qué todo ese trabajo, por qué todo ese trébol y la señora de Molina. Hubiera sido preferible matar en seguida al conejito y…

Ah, tendría usted que vomitar tan sólo uno, tomarlo con dos dedos y ponérselo en la mano abierta, adherido aún a usted por el acto mismo, por el aura inefable de su proximidad apenas rota. Un mes distancia tanto; un mes es tamaño, largos pelos, saltos, ojos salvajes, diferencia absoluta Andrée, un mes es un conejo, hace de veras a un conejo; pero el minuto inicial, cuando el copo tibio y bullente encubre una presencia inajenable… Como un poema en los primeros minutos, el fruto de una noche de Idumea: tan de uno que uno mismo… y después tan no uno, tan aislado y distante en su llano mundo blanco tamaño carta…

(Carta a una Señorita en París)

Suena Lizzy’s Bounce por Curtis Fuller





… Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pulóver está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor de preguntarle a Irene qué pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba la plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastilla en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.

Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y más allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y al baño.

Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y en los pianos.

Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o la biblioteca.

El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la puerta antes que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.

Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:

—Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado la parte del fondo.

Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.

— ¿Estás seguro?

Asentí.

—Entonces —dijo recogiendo las agujas— tendremos que vivir en este lado.

Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco…

Con Between the Devil and the Deep Blue Sea por Diana Krall, nos despedimos hasta el próximo podcast.


* Con información de Lectura Abierta


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